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Ribeira Sacra (26.05.2007)
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Descubriendo los
encantos de un mágico entorno en el río Sil
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| Todos pudimos catar los excelentes caldos del lugar y, por lo visto, entre el entorno y el buen sabor del vino muchos nos animamos llevarnos unas botellitas de recuerdo para casa, aunque me temo que alguno de esos 'recuerdos' no durarán mucho intactos en las vitrinas... el caso es que resultó una visita de lo más agradable y práctica para la apertura del apetito. Teníamos la comida programada pronto, para la una y media, pero lo cierto es que nadie se quejó sino todo lo contrario: al ataquerrrrrrr...... !! | |
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El camino hasta el restaurante es corto pero la carretera de bajada, de precioso trazado, desciende entre los bancales y se las trae para hacerla en autobús. No obstante, contábamos con Manolo, nuestro excelente chófer, que con una conducción suave y precisa nos llevó a todos con el estómago en su sitio hasta el lugar del almuerzo. Allí, en el mesón Casa Lelo, nos esperaba Cati diligente. El menú de empanada casera, un sabroso pulpo y carne ó caldeiro, finalizado con la tradicional bica de la zona, nos dispuso en la mejor situación para afrontar nuestro siguiente objetivo: los cañones del río Sil. |
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Tras una hora de navegación tocó dar la vuelta para regresar a Doade, viendo todo el paisaje anterior desde otra prespectiva: la torre del monasterio de Santa Cristina, las dos desembocaduras del río Mao (la natural y la artificial por tuberías para la central eléctrica), los bancales...y, para mi gusto, ese silencio especial tan relajante que tienen determinados parajes naturales que los hacen únicos, como en este caso. |
| De regreso al embarcadero, hubo tiempo para un café rapidito (intentamos planificar nuestras excursiones para que no haya que ir a la carrera), paso por los baños y camino a Castro Caldelas. Algunos de los viajeros ya había estado allí, otros habían oído hablar y otros ni papa del lugar, pero creo que todos quedaron sorprendidos por lo bonita que es esta villa cabeza de la comarca de Terra de Caldelas. Descendimos en la plaza mayor y nos quedó una hora larga de visita libre que la mayoría aprovechamos para subir al castillo, atractivo central turístico sin duda del lugar, mientras los que ya lo conocían daban una visita a la interesante iglesia parroquial con la inestimable ayuda de las explicaciones del párroco, o bien se sentaron tranquilamente en alguna de las terrazas de la plaza a degustar un trozo de la afamada bica local. | |
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Por mi parte, son ya varias las veces que he estado en el castillo pero
me sigue fascinando y nunca me aburriré de pasear por sus corredores,
contemplar las piezas del museo, recorrer sus tramos de escalera por la
muralla o el angosto paso a lo alto de la Torre del Homenaje, felizmente
restaurada y apta para visitas después de muchas lunas alejada
del público por las obras. |
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| Nos despedimos de este magnífico estandarte, testigo de numerosos avatares como la Revueltas Irmandiñas y tantos otros capítulos de la historia local. Descendimos por la cara contraria para observar las casas contruidas hace siglos al abrigo de las murallas del castillo, varias de ellas restauradas y habitadas en la actualidad. Tras el corto descenso, tiempo para otro cafelito, caña, agua con gas o lo que se terciara, la habitual compra de bicas (otro recuerdo que seguro no duró mucho en la alacena), y todos al bus para iniciar el retorno a Vigo. | |